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Algunas espadas mágicas más

Hace cuatro años recibí mi primer curso de iniciación al uso de la espada larga. Recuerdo que me sentía tan torpe y fuera de lugar que voluntariamente me presenté a recibirlo otra vez para intentar afianzar sus contenidos. Desde entonces he entrenado todo lo que he podido, y este mes, exactamente cuatro años después, he asistido a otro curso de iniciación más desde una perspectiva totalmente diferente.

En esta ocasión mi amiga Nanyalin es quien se incorpora la actividad (aunque ella ya ha combatido con katanas hace bastantes años), y quise acompañarla en esta experiencia. No habría asistido al curso se no haber estado ella, claro, pero la casualidad ha querido que en este cuarto aniversario de mi experiencia armada tuviera la ocasión de aprender y reflexionar sobre este importante ciclo vital que acompaña a los muchos cambios que se tienen que producir en mi vida, quiera o no.

No es que yo piense que yo sea particularmente buena en este asunto de las espadas, de hecho como no me veo desde fuera, no tengo mucha idea de cómo lo hago. Pero supongo que he adquirido cierta experiencia, y que para el ojo poco entrenado pueda parecer que sé lo que hago con un trozo de acero en mis manos.

Supongo que en estos cuatro años podría haberme sacado algún tipo de titulación oficial. No habría sido tan divertido, pero sí que habría sido más útil en el contexto de las sociedades occidentales del siglo XXI.

Me cuesta imaginar mi vida sin desplazarme a la "Sala Carranza", charlar con los que coincidan conmigo ese día, y practicar un buen rato de artes marciales históricas. Es algo que se ha convertido en una parte tan clave de mi rutina que ha entrado en lo más profundo de mi personalidad y se ha convertido en un eje de mi existencia mucho más importante que donde vivo, o las parejas que pudiera tener (que no tengo ninguna).

Hace unas pocas semanas, durante la fiesta de navidad, me aislé en el banco bajo la pizarra de la sala, como suelo hacer en ocasiones. Pude imaginar completamente al espíritu de mi fallecida madre que me decía “Con esta gente estás bien. No lo dejes.” Ella solía expresarse en estos términos, y en ocasiones me ofrecía valiosas aportaciones externas.

En estos cuatro años me han pasado cantidad de cosas, incluyendo el haber transicionado, que fue algo realmente impactante para mí en todos los contextos, incluyendo el de la sala de armas. He visto a cantidad de hermanos de armas llegar y marcharse en circunstancias tan variadas como la vida. Más veces de las que me gustaría reconocer se me ha acercado alguien en una fiesta nocturna en una discoteca cualquiera y me ha dicho que ha tirado conmigo... y no lo he reconocido. Me han hecho daño accidentalmente, y yo también lo he ocasionado.

¿Qué constituye mi experiencia como esgrimista? Evidentemente la actividad armada, adquirida y afianzada tras miles de horas de clases y asaltos fundamenta el principio explícito de la práctica objetiva, y diría que eso es el tronco visible. Las ramificaciones conscientes e inconscientes escarban en mi identidad como las raíces de mi ser en esta faceta. He encontrado personas que me han ayudado, y quizá yo he ayudado a otros. He hecho algún que otro presente, y también los he recibido. He ido a la casa de alguno que otro, y he compartido cervezas. Bueno, yo no bebo, pero les he visto a ellos beber, así que hemos compartido la experiencia.

Si la práctica en su conjunto es el tronco, y las relaciones son las raíces, entonces las hojas son las ocasionales prácticas visibles, como cuando nos vamos a un evento con otras salas, o hacemos una exposición pública ante espectadores. También es un vídeo en el que aparezcamos jugando con una espada ante la vastedad del internet, aunque lo miren solamente unas poquitas personas.

Y luego están las flores y los frutos, que viene a ser el momento en el que un árbol ya crecido enseña su experiencia a otras personas que van a ser futuros esgrimistas. Yo no pretendo en absoluto enseñar esgrima, pues no estoy capacitada, pero he podido entender cómo es al atender a este curso de iniciación cuatro años después, y hacerlo con una persona importante en mi vida que se inicia ahora, y con la que he compartido muchísimas experiencias de forma intermitente durante toda mi vida adulta.

No pretendo para nada dar a entender que mi vida como esgrimista haya concluido, ni que haya alcanzado para nada su plenitud: ¡sigo siendo una recién llegada en el mundo de las espaditas! Pero sí siento que he cerrado un ciclo por el que muchos compañeros de armas han pasado, y por el que otros habrán de pasar.

A todos vosotros, pasados, presentes y futuros, está dedicado este texto. Yo no sé lo que es vivir, y sin duda me agobia hacerlo en un mundo que no parece tener mucho lugar para mí. Además, las limitaciones del lenguaje y de mi intelecto me impiden explicar claramente este concepto, pues incluso dentro de mi pobre metáfora del árbol, tendría que adentrarme en explicar el aire, al agua, los átomos y las partículas, y no las entiendo. Pero sí creo que tú sabes de lo que estoy hablando, y que es algo especial.

Y si no lo sabes, quizá quieras apuntarte a esta actividad.