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Mi ansiedad invernal

Últimamente estoy realmente agobiada. Supongo que hay algunos motivos debido a la inestabilidad de mi situación actual. No tengo ni idea de cuál va a ser mi destino, ni de cómo me va a afectar la destrucción de muchas de las anclas de mi existencia hasta el momento.

Pero incluso desde la neblinosa confusión de una persona que como yo vive en episodios constantes de disociación de personalidad puede encontrar cierta luz y extraer información útil porque… porque no soy gilipollas. Así que puedo orientarme por la más oscura de las nieblas personales gracias a mi conocimiento previamente adquirido de lo que hay alrededor, al resto de mis sentidos, un mapa, una brújula y tres o cuatro cosas más.

No obstante, el segundo cuarto del siglo XXI me ofrece una visión bastante confusa sobre lo que está más allá de mis sentidos físicos. No vivo perdida por la opresiva oscuridad de la ignorancia, sino que mis tiempos me someten a una inmensa cantidad de información de la que puedo encontrar documentación que razona cualquier hecho o el contrario.

Pero creo que la biología y la experiencia me han otorgado cierta capacidad para observar tranquilamente y extraer con cierto buen criterio una lectura de la realidad que parece escapar a muchas de las personas que me rodean, cuya capacidad de atención parece destruida por las adicciones a los fenómenos culturales modernos, y cuyo criterio se vende a los pobres argumentos tendenciosos de posiciones hegemónicas de las que compran un gran paquete de ideas y medidas simples que ni siquiera se expresan en términos sinceros, sino que han entendido muy bien cómo se manipula la opinión pública para conseguir sus intereses.

Es precisamente esta cualidad de que el humano de a pie esté intelectualmente rendido ante la personificación de estos intereses manipuladores y bien establecidos, lo que ha permitido que se asienten en el poder empresarial y político de todos los lugares del mundo. Para mí es evidente que las tradicionalmente imperfectas democracias cruzan la línea de la disfuncionalidad patente, y lo que antaño alguien pudiera defender como el mal menor de los sistemas posibles, actualmente es un lastre para la humanidad que nos acerca el reloj del apocalipsis aún más cerca del final. Tenemos a ese monstruo tan cerca de nuestras narices que podemos oler su fastidioso aliento que apesta a rancio autoritarismo, polarización artificial, y a una manipulación tan burda que me cuesta creer que las personas la hayamos aceptado.

Pero la posibilidad de frenar a ese monstruo ya no existe. Lo que nos separa la vulgaridad estable de nuestra mediocridad actual de un desagradable estado de violencia y carencia fundamental de recursos vitales está totalmente fuera de nuestro control pues ha sido entregada a hombres poderosos que darían nuestras vidas enteras por un poco más de riqueza, o a políticos chalados que toman decisiones trascendentales para el conjunto de la humanidad basándose en discretos placeres personales o en caprichos vanos. Estas personas pueden generar una crisis económica que me condene a morir de inanición, o incluso desaparecer junto a millones de personas en la sombra de un apocalipsis nuclear.

Alguien podría decirme que siempre ha sido así, y si bien la distribución del poder siempre ha sido desigual, hay algo realmente diferente: la forma en la que la estupidez forma una parte constante de nuestras interacciones y permea a todas las capas de la sociedad.

Me siento totalmente aislada de la humanidad cada vez que veo a cualquier persona obrar como si todo fuese a seguir de una forma continuada porque ha sido estable en el pasado, como en un terrible y funesto sesgo de compromiso. Tal y como yo lo veo, la tercera guerra mundial ya ha comenzado, si bien en la actualidad muchas de sus expresiones se traducen en batallas económicas y digitales, pero como en cualquier drama financiero pretérito, la posibilidad de que estas manifestaciones se conviertan en problemas físicos incompatibles con mi vida está fuera de mi control, sino que este está involuntariamente delegado a la sombra de los deseos de una élite poderosa o de caprichosos gobernantes ególatras.

Y esta sí que es la fuente fundamental del agobio que citaba en la primera frase de este texto. No tanto de mi situación personal, que también, sino de la deriva general de la humanidad, cuyos individuos, dotados al menos en teoría del don de la inteligencia, han demostrado no estar a la altura en ningún aspecto, más allá de crear entretenimientos pobres y otorgar el poder a individuos deplorables.

En mi situación particular, con la añadida desventaja de la disociación de personalidad, una parte de mí simplemente pugna por equivocarse con el resto. Simplemente quiero sentarme y disfrutar de mis libros y mis espaditas hasta que mi realidad se vuelva inaceptable, y acabar con mi vida entonces. Otra quiere revolverse, luchar e intentar sobrevivir, pero incluso esa parte, tan crítica y frustrada pero mucho más rebelde, sabe que sus acciones seguramente no servirían de nada, y acabaría, pese a todo, con el mismo destino que la masa acrítica y dócil.

Desde la ventana se ve nieve, y la gente dice desde sus habitaciones calefactadas que es hermosa. Yo, sin embargo, veo el frío anuncio de un futuro cercano desagradable y doloroso.