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¿Quién coño soy?

Esta es una entrada en la que voy a dar una pequeña respuesta a una pregunta que se me ha realizado de forma privada. Si eres la persona que me realizó la pregunta, tómate un poco de tiempo para lectura. Si no lo eres... ¿quién eres y qué haces leyendo blogs en pleno siglo XXI? El tema es la identidad personal.

Supongo que es difícil saber “quienes somos”, no en vano es una de esas grandes preguntas del pensamiento humano que se ramifican una y otra vez de forma apasionante, dando lugar a multitud de aprendizajes enriquecedores, pero yo soy una persona que tiene que tomar decisiones ahora y por lo tanto me hace falta una respuesta práctica que me permita elaborar metodologías que aplique en mi vida. Necesito una respuesta inmediata que establecer como supuesto de trabajo aunque su nivel de certeza sea poco más que una conjetura.

Y esto es algo que de verdad he necesitado porque he atravesado por muchas fases en mi vida en las que me he tenido que enfrentar a mucha resistencia porque no soy (o no he querido ser) una persona que encaje en los estereotipos habituales de la sociedad actual. Para llegar a enfrentarme a tanta adversidad necesito metodología, y para desarrollarla necesito definición.

Mi definición funcional es que las personas somos lo que hacemos. Hay quien piensa que somos quien somos por una cuestión genética o espiritual (tu verdadero “yo”), mientras que los vendedores de cursos y libros de autoayuda intentarán fomentar el cambio partiendo de esta idea (sé la mejor versión de ti mismo). Yo realmente creo que somos seres totalmente cambiantes, y que las acciones que tomamos no solo definen cómo nos perciben los demás, sino que condicionarán más o menos rápidamente el cambio que nos llevarán a nuestra siguiente fase de identidad.

Es decir, que por mucho que nos digamos a nosotros mismos que somos bellísimas personas, si nuestro trabajo del día a día es llevar a cabo ejecuciones por pena de muerte, ni la más disociada de las personalidades va a conseguir que esta realidad no permée a su identidad y tenga efectos en la ruta que tenga en el futuro, incluso aunque en un momento dado cambie de oficio. Es un ejemplo muy radical, pero el principio se aplica a todo lo que hacemos, desde practicar un deporte o forma de ocio, a ejercer un oficio o trabajo, y es el motivo principal por el que yo no pude quedarme trabajando en una multinacional.

Hay que tener en cuenta que esta definición exige cierta permanencia en el tiempo realizando una actividad de forma que esta tenga un impacto en nuestra personalidad. Quizá lo que hago fruto de las circunstancias en un momento determinado no tenga un efecto permanente en quién soy, pero si lo hago el suficiente tiempo, acabará convirtiéndome. Nadie es tan impermeable a lo que le ocurre.

Creo que esto es lo que en la actualidad me permite decir que soy (sin un orden particular) una escritora, esgrimista, trans, corredora preocupada por su salud, su sueño y su alimentación. En el pasado fui una persona cuidadora cuando se me necesitó, y también una patinadora y arreglaba problemas. Estoy dejando de ser una programadora. Si acaso alguna vez fui una persona de familia, parece poco posible que lo vuelva a ser.

Así que mi definición funcional (somos lo que hacemos) ya establece una metodología clara y precisa de cómo obrar para marcar una tendencia a construir una identidad que encaje con nuestros deseos, y es llevar a cabo actividades constantes, cuanto más mejor, de forma repetitiva que nos orienten adecuadamente. Y en verdad, esto es todo, o lo sería si no hubiera problemas constantes que nos lo impiden.

La indefinición y la deriva personal


En muchas ocasiones no llegamos a orientarnos de una forma consciente hacia una ruta concreta, sino que seguimos una deriva personal que queda totalmente condicionada por nuestro entorno y por muchos elementos que quedan bajo el control del azar.

En una vida de un típico español contemporáneo, este pasará por una enseñanza reglada en un instituto que no le ofrecerá unos contenidos muy relevantes y que no le aportarán gran definición. Es posible que estudie una carrera universitaria o que empiece a trabajar joven, pero empezará a tener una deriva personal en la que quizá sus momentos de decisión sean muy pocos. Si pasa a formar parte de una unidad familiar con la que comparte deudas hipotecarias, su margen de actuación futuro será aún menor, y sus oportunidades para realizar cambios de lo que hace y lo que es desaparecerán.

Muchas personas pueden pasar sus vidas enteras así, y están bien. Creo que nunca ha sido mi caso.

En una persona que no se alinea con un estilo de vida de este estilo, los problemas surgen rápidamente. No quiero justificar para nada conductas que huyen del compromiso o que generan una crisis al llegar a la mediana edad, sino precisamente construir una respuesta que cree una metodología para que personas que no deben centrarse en ese tipo de proyectos (como yo misma) acaben haciendo daño a otros.

El único aspecto bueno de todo esto es que las personas que somos disonantes con este estilo de vida sentimos que no encajamos en él. Es decir, es muy difícil sabes lo que querrías ser, pero es bastante más fácil vislumbrar y definir lo que no quieres ser, y siguiendo mi supuesto de trabajo, no hacer actividades que te conviertan exactamente en eso.

Las personas tenemos un importante bagaje por la actividad pasada, y cuanto más mayores o más expertos, más difícil es analizar la influencia de ese pasado en nuestra identidad y actividad presente. El proceso que nos permite escapar de esas tendencias pasa por la deconstrucción personal, que es algo bastante difícil y con lo que yo misma aún tengo que luchar por mi condición de identidad de género. Las personas más jóvenes lo tienen más fácil, no porque no tengan experiencia, sino porque esta idea de deconstruirse no estaba en la ética de hace unos años en los que más bien era tildada de debilidad, deslealtad o falta de compromiso.

Yo creo que en este sentido, una gran ventaja son las amistades adecuadas. Sí, somos lo que hacemos, pero dime con quién vas, y te diré quién eres. Yo creo que muchas de mis oportunidades han venido de juntarme con personas cuyas acciones me aportaban algo, aunque solo fuera la conversación adecuada.

El fracaso



Uno de los problemas de cara a establecer una identidad perdurable es que tiene que tener un nivel de éxito que no solamente nos permita sobrevivir en nuestra relación con la obtención de recursos suficientes, sino que además encaje aceptablemente dentro del concepto de ocio en el contexto de cada cuál.

El fracaso puede ser demoledor en la medida en la que no nos permita continuar realizando la actividad que nos permea en nuestra personalidad, especialmente si nos juntamos con personas que le dan también importancia a esa relación entre el éxito y en fracaso.
Yo he tenido un importante trabajo deconstructivo para separarme del concepto de fracaso en el contexto de la sociedad y estableciendo una definición de éxito mucho más individual y personal que nunca había puesto en palabras. Citaré a una amiga mía que es razonablemente exitosa en este sentido social, pero que quizá se sienta algo frustrada en términos personales:

“Organizar una movida de poquita gente, pero fiel, en la que haces lo que te divierte y que a la vez divierte a otros, sin sobrepensar demasiado y disfrutando de la compañía y de lo que te gusta hacer en sí. Eso es éxito”.

Creo que en cualquier caso hay que separar muy bien los éxitos sociales, los grupales y los personales.

Las limitaciones físicas y mentales


Un burro, por mucho que corra, jamás se convertirá en un brioso corcel. No todas las personas contamos con las mismas capacidades inherentes, pero eso no se puede utilizar como excusa para justificarnos. En este sentido tendemos a establecer un sesgo cognitivo para justificarnos basándonos en lo que podemos y no podemos hacer, y eso en verdad es una situación comparativa.

No obstante hay extremos que son ciertamente muy limitantes, normalmente relacionados con enfermedades o situaciones congénitas, y eso es una putada en sí misma.

También son extremadamente complejas las condiciones relacionadas con la neurodivergencia, que desde luego tiene que estar lo más controlada posible de cara a no convertirnos en calabazas ondeantes que cambian su dirección en función al viento que hace en cada momento.

La resistencia social


La sociedad nos implica una hoja de ruta muy marcada. Tenemos la capacidad de tomar ciertas decisiones (qué estudiamos más o menos, en qué trabajamos más o menos, qué actividades de ocio practicamos más o menos, y adonde nos vamos de vacaciones más o menos), pero siempre nos va a apremiar a que estas ocurran en márgenes de tiempos aceptables para lo que deberíamos haber alcanzado en cada momento de nuestras vidas.
En cuanto nos salimos un poco, o nos retrasamos en el camino de familia y consumismo dócil, todos los mecanismos sociales impersonados probablemente en familia y amigos nos intentarán reconducir al camino que funciona.

Lo que hacemos nos permea, y con quién vivimos nos permea. A veces necesitamos deconstrucción y a veces cambiar de compañías. Cuanto menos, plantarnos con cierta firmeza, pero sin ser unos imbéciles.

Las circunstancias socioeconómicas


Sería una idiota hipócrita cabrona si no reñalara que la gran mayoría de la humanidad ni siquiera tiene una oportunidad para tomar decisiones en torno a su identidad porque no pueden pararse ni un día de sus vidas, sino que tienen que estar siempre en actividad generando recursos simplemente para mantenerse con vida.

Incluso en los casos lejanos a esta extrema pobreza, las circunstancias de cada cuál nos van a condicionar de una forma que no siempre nos permitirá tomar las acciones que querríamos. El ingenio puede darnos cierto margen de maniobra, pero ni todas las tretas imaginables nos conseguirán suficiente tiempo. Romper con esto quizá sea imposible.

El camino sinuoso


Cuando yo empecé a recorrer el proceso de la transición de género descubrí que es un camino repleto de curvas, pantanos, cerros y acantilados. Pude decidir si nadaba por la cala o si escalaba por un precipicio, pero nunca sabía lo que había detrás de cada opción hasta que la hubiera recorrido.

Es un ejemplo muy radical porque la transición de género no es muy tolerante con las decisiones a medias, pero en verdad la vida no es muy diferente: nuestra capacidad de anticiparnos a lo que nos vamos a encontrar al tomar una acción es limitada porque no podemos realizar una análisis certero hasta entonces.

Si como he establecido como supuesto de trabajo, somos lo que hacemos, entonces no podemos realizar un análisis suficiente de nuestra situación en un momento dado, sino que lamentablemente tendremos que fluir, a veces de forma grácil y continuada, y a veces retrocediendo al punto anterior, quizá con un fracaso más en nuestra percepción.

Creo que nunca podremos encontrar una definición firme de quienes somos que persista al paso del tiempo y de las circunstancias que nos traiga en cada momento, e incluso siento que no es deseable. Al menos en mi percepción, cambiar de forma radical nuestra vida cada diez o veinte años puede impedir un estancamiento en una zona de confort que por lo menos para mí sería frustrante y muy aburrida.