No mi hogar
“Llamo hogar a cualquier lugar en el que haya un clavo en el que colgar el chubasquero y el cuchillo”.
Es un viejo dicho naval que siempre me ha impresionado, y si bien es un pelín exagerado, sin duda me habla de un estilo de vida viajero e inestable en el cual el individuo recapacita sobre aquello que le es estrictamente necesario en torno a lo cual puede construir una existencia aceptable.
Casi todos los seres humanos que conozco parecen alineados con la idea de tener algo que llamar “hogar”. Un entorno razonablemente cómodo, cotidiano y definitivamente estable al que poder acudir cuando quiera, y en el que no tiene que justificar sus actividades privadas. Típicamente la sucesión de días pacíficos afianzará la sensación de estabilidad, y finalmente creará una ilusión de seguridad que práticamente parece necesaria para que una persona pueda construir su existencia.
Los criterios subjetivos según los cuales el lugar en el que una persona habita sea su hogar, pueden cambiar bastante. Creo que he citado algunos que razonablemente suelen ser habituales (confort, estabilidad e intimidad), pero hay otros que simplemente he dado por supuestos, y en cualquier caso la forma en la que estos elementos son necesarios aparecerá de una forma implícita en la actividad vital de cada persona. Es uno de los motivos por los que las casas son tan distintas: uno querrá una sala insonorizada para grabar, otro querrá grandes armarios, y otro un gimnasio.
Pero este elemento vital no está solamente sometido a necesidades vitales racionalmente necesarias, sino que también es un testigo evidente de todo lo que nos adjunta la propia sociedad. En el caso de occidente, somos extremadamente consumistas, y casi todos los hogares tienden a acumular gran cantidad de objetos cuya utilidad a medio y largo plazo es cuestionable, limitada o incluso directamente inexistente. Es algo que para mí es deprimente, porque la fabricación de esos objetos ha consumido recursos, y la adquisición por parte del sujeto final le ha obligado a invertir tiempo de su vida en trabajar. Me parece muy miserable cambiar tiempo de vida por objetos innecesarios.
Por eso el ideal citado por el dicho naval que da comienzo a esta reflexión me resulta fascinante: construir una experiencia vital suficiente a partir de únicamente tres elementos: un clavo en el que colgar un cuchillo y un chubasquero.
Recientemente yo engrosé las filas de las personas que no tienen un hogar propio. Quizá nunca lo he tenido porque siempre he vivido en el de otros, pero en cualquier caso me vi en el deber legal y práctico de desalojar todos mis bienes, y al menos seleccionar unos pocos para llevármelos al lugar en el que por el momento estoy habitando hasta que tenga disponible uno al que sí intentaré llamar “hogar”. En estas circunstancias me vi obligada a no ser muy expansiva en lo que podía llevar conmigo, porque mi entorno iba a ser comparativamente chiquitito, así que elegí aquello que consideré más o menos indispensable, siempre sometiéndolo al contexto social en el que vivo. El clavo, el chubasquero y el cuchillo.
El clavo da soporte a todo lo demás. Deprimentemente son las maletas y las mochilas que se agolpan de forma pobre en el lateral de la cama en la que ahora duermo. En mi caso agarré lo que encontré en unos altillos, y lo llevé conmigo en mis hombros el mismo día de la firma de la venta. Es una sensación que me desubicó un poco.
El chubasquero es aquello que visto en mi cuerpo. Ropa interior, medias, vestidos y calzado, incluyendo botas de vestir y zapatillas de correr. Pero en mi caso también se aplica a la unidad mínima de maquillaje y un par de pelucas que me permiten mantener la ilusión de mi identidad de género.
El cuchillo hace referencia a aquello que es necesario para realizar la actividad vital necesaria. Aunque fuera a vivir en este lugar un tiempo limitado, sabía que necesitaría un teléfono móvil, un ordenador portátil, un peine, un cepillo de dientes, y por supuesto, un cuchillo. En este caso una navaja spyderco cuya misma existencia a mi lado merecería su propio artículo.
Y más o menos, a esto se ha visto reducida mi vida en la actualidad. Tiene trampa, porque las sociedades occidentales nos proveen de todo tipo de soluciones adecuadas en tanto que tengamos dinero para pagarlas, así que típicamente una puede contar con una conexión a internet y se puede comprar comida o un cortauñas sin verse sometida a dificultad alguna. Hay muchas infraestructuras derivadas de la sociedad occidental que facilitan mi vida.
De hecho, que yo protestara en mi situación me parecería lamentable por mi parte: una bomba no ha destruido mi casa, no tengo una enfermedad incurable. A lo largo del mundo hay muchísimas personas que se ven privadas de su hogar en circunstancias terribles, y que sin duda no cuentan con mis recursos actuales.
Pero dentro de la subjetividad particular de mis condiciones personales, yo no puedo elegir de una forma instantánea cómo me siento. Yo no puedo decidir unilateralmente que estoy cómoda y que el resto de mi individualidad tiene que adaptarse a esta decisión por imposición de mi criterio. Y sin menoscabo a la amabilidad de las personas que me están ayudando en esta situación, había de reconocer que no lo estaba.
Hay muchos elementos a los que puedo achacar esta sensación. Por ejemplo, no contar con mis recursos informáticos habituales, incluyendo una buena mesa y una buena silla para escribir y programar. O quizá no disponer de una gran extensión de terreno abierto en la que salir a correr. O quizá simplemente no contar con mis espaditas, pues las de entrenamiento han permanecido en la sala de armas, y las afiladas en casa de un amigo.
Pero esto cambió un poco el viernes pasado. Como señalé en este vídeo, me ha llegado una espada que adquirí en enero de este año. Un retraso fortuito pero de oportunismo casi providencial ha provocado que de nuevo durmiera con una espada al alcance de mi mano. Y de golpe, el lugar pasó a ser mucho más cómodo y estable. En mi mente algo paso a encajar y simplemente me sentí mejor.

No pienso que sea para nada un asunto de seguridad. Sé defenderme con una espada, pero también puedo hacerlo sin una; es más un asunto de lo que me define a mí como persona. Me he pasado más de dos mil horas los últimos cuatro años con una espada en las manos, y esto me ha ayudado en mis peores momentos. Simplemente empuñar una, o saber que puedo empuñarla cuando es mi voluntad, proyecta sobre mí una sensación de calma.
No es una necesidad que sea suficiente para proyectarme una sensación de “hogar”. Tampoco estaría a gusto sin un ordenador en el que poder escribir textos como este, o sin poder salir a correr o contar con mi pintalabios, pero creo que forma parte de esos pequeños pilares que, tratados de forma aislada, pueden parecer innecesarios, pero que aguantan una parte del peso, y sin el cuál toda la estructura corre el riesgo de caer por completo.
Espero emerger de esta experiencia siendo una persona más simple, con menos necesidades y desde luego menos objetos inútiles que no tengan otro propósito que dificultar la limpieza del hogar.
Es un viejo dicho naval que siempre me ha impresionado, y si bien es un pelín exagerado, sin duda me habla de un estilo de vida viajero e inestable en el cual el individuo recapacita sobre aquello que le es estrictamente necesario en torno a lo cual puede construir una existencia aceptable.
Casi todos los seres humanos que conozco parecen alineados con la idea de tener algo que llamar “hogar”. Un entorno razonablemente cómodo, cotidiano y definitivamente estable al que poder acudir cuando quiera, y en el que no tiene que justificar sus actividades privadas. Típicamente la sucesión de días pacíficos afianzará la sensación de estabilidad, y finalmente creará una ilusión de seguridad que práticamente parece necesaria para que una persona pueda construir su existencia.
Los criterios subjetivos según los cuales el lugar en el que una persona habita sea su hogar, pueden cambiar bastante. Creo que he citado algunos que razonablemente suelen ser habituales (confort, estabilidad e intimidad), pero hay otros que simplemente he dado por supuestos, y en cualquier caso la forma en la que estos elementos son necesarios aparecerá de una forma implícita en la actividad vital de cada persona. Es uno de los motivos por los que las casas son tan distintas: uno querrá una sala insonorizada para grabar, otro querrá grandes armarios, y otro un gimnasio.
Pero este elemento vital no está solamente sometido a necesidades vitales racionalmente necesarias, sino que también es un testigo evidente de todo lo que nos adjunta la propia sociedad. En el caso de occidente, somos extremadamente consumistas, y casi todos los hogares tienden a acumular gran cantidad de objetos cuya utilidad a medio y largo plazo es cuestionable, limitada o incluso directamente inexistente. Es algo que para mí es deprimente, porque la fabricación de esos objetos ha consumido recursos, y la adquisición por parte del sujeto final le ha obligado a invertir tiempo de su vida en trabajar. Me parece muy miserable cambiar tiempo de vida por objetos innecesarios.
Por eso el ideal citado por el dicho naval que da comienzo a esta reflexión me resulta fascinante: construir una experiencia vital suficiente a partir de únicamente tres elementos: un clavo en el que colgar un cuchillo y un chubasquero.
Recientemente yo engrosé las filas de las personas que no tienen un hogar propio. Quizá nunca lo he tenido porque siempre he vivido en el de otros, pero en cualquier caso me vi en el deber legal y práctico de desalojar todos mis bienes, y al menos seleccionar unos pocos para llevármelos al lugar en el que por el momento estoy habitando hasta que tenga disponible uno al que sí intentaré llamar “hogar”. En estas circunstancias me vi obligada a no ser muy expansiva en lo que podía llevar conmigo, porque mi entorno iba a ser comparativamente chiquitito, así que elegí aquello que consideré más o menos indispensable, siempre sometiéndolo al contexto social en el que vivo. El clavo, el chubasquero y el cuchillo.
El clavo da soporte a todo lo demás. Deprimentemente son las maletas y las mochilas que se agolpan de forma pobre en el lateral de la cama en la que ahora duermo. En mi caso agarré lo que encontré en unos altillos, y lo llevé conmigo en mis hombros el mismo día de la firma de la venta. Es una sensación que me desubicó un poco.
El chubasquero es aquello que visto en mi cuerpo. Ropa interior, medias, vestidos y calzado, incluyendo botas de vestir y zapatillas de correr. Pero en mi caso también se aplica a la unidad mínima de maquillaje y un par de pelucas que me permiten mantener la ilusión de mi identidad de género.
El cuchillo hace referencia a aquello que es necesario para realizar la actividad vital necesaria. Aunque fuera a vivir en este lugar un tiempo limitado, sabía que necesitaría un teléfono móvil, un ordenador portátil, un peine, un cepillo de dientes, y por supuesto, un cuchillo. En este caso una navaja spyderco cuya misma existencia a mi lado merecería su propio artículo.
Y más o menos, a esto se ha visto reducida mi vida en la actualidad. Tiene trampa, porque las sociedades occidentales nos proveen de todo tipo de soluciones adecuadas en tanto que tengamos dinero para pagarlas, así que típicamente una puede contar con una conexión a internet y se puede comprar comida o un cortauñas sin verse sometida a dificultad alguna. Hay muchas infraestructuras derivadas de la sociedad occidental que facilitan mi vida.
De hecho, que yo protestara en mi situación me parecería lamentable por mi parte: una bomba no ha destruido mi casa, no tengo una enfermedad incurable. A lo largo del mundo hay muchísimas personas que se ven privadas de su hogar en circunstancias terribles, y que sin duda no cuentan con mis recursos actuales.
Pero dentro de la subjetividad particular de mis condiciones personales, yo no puedo elegir de una forma instantánea cómo me siento. Yo no puedo decidir unilateralmente que estoy cómoda y que el resto de mi individualidad tiene que adaptarse a esta decisión por imposición de mi criterio. Y sin menoscabo a la amabilidad de las personas que me están ayudando en esta situación, había de reconocer que no lo estaba.
Hay muchos elementos a los que puedo achacar esta sensación. Por ejemplo, no contar con mis recursos informáticos habituales, incluyendo una buena mesa y una buena silla para escribir y programar. O quizá no disponer de una gran extensión de terreno abierto en la que salir a correr. O quizá simplemente no contar con mis espaditas, pues las de entrenamiento han permanecido en la sala de armas, y las afiladas en casa de un amigo.
Pero esto cambió un poco el viernes pasado. Como señalé en este vídeo, me ha llegado una espada que adquirí en enero de este año. Un retraso fortuito pero de oportunismo casi providencial ha provocado que de nuevo durmiera con una espada al alcance de mi mano. Y de golpe, el lugar pasó a ser mucho más cómodo y estable. En mi mente algo paso a encajar y simplemente me sentí mejor.
No pienso que sea para nada un asunto de seguridad. Sé defenderme con una espada, pero también puedo hacerlo sin una; es más un asunto de lo que me define a mí como persona. Me he pasado más de dos mil horas los últimos cuatro años con una espada en las manos, y esto me ha ayudado en mis peores momentos. Simplemente empuñar una, o saber que puedo empuñarla cuando es mi voluntad, proyecta sobre mí una sensación de calma.
No es una necesidad que sea suficiente para proyectarme una sensación de “hogar”. Tampoco estaría a gusto sin un ordenador en el que poder escribir textos como este, o sin poder salir a correr o contar con mi pintalabios, pero creo que forma parte de esos pequeños pilares que, tratados de forma aislada, pueden parecer innecesarios, pero que aguantan una parte del peso, y sin el cuál toda la estructura corre el riesgo de caer por completo.
Espero emerger de esta experiencia siendo una persona más simple, con menos necesidades y desde luego menos objetos inútiles que no tengan otro propósito que dificultar la limpieza del hogar.