NotBornVal

Mi relación con Tinder

Voy a empezar por el final. Sé que no es mi costumbre, que a los lectores de artículos les mola la narrativa cronológica, pero qué narices, es totalmente merecido: me encanta Tinder. Y quizá algún lector piense, “pero no puede ser, Valeria, si a ti no te molan las redes sociales, pues mucho menos Tinder”. Bueno, pues al contrario.

Ahora que ya he reclamando tu atención, ya sí que voy con el orden cronológico. Yo nunca tuve Tinder ni ninguna aplicación de relaciones personales cuando fingía ser un chico. En realidad el motivo es el mismo por el que nunca le he entrado a nadie en ningún bar ni discoteca, ni he salido a bailar: básicamente odiaba mi imagen, me hacía sentir mucho desprecio por mí, así que la mera posibilidad de exponerme me hacía sentir asco.

Pero asumiendo mi identidad de género (o sea, siendo trans) las posibilidades para mí cambian. Entiéndase que ni me considero una expresión de la belleza humana, que no es el caso, ni tampoco me he vuelto una descarada que le vaya entrando a los chicos guapos en los bares. Conozco mi lugar y conozco mis posibilidades, pero estoy cómoda con ellas.

Así que me hice una cuenta de Tinder. Con mi nombre auténtico, con mis fotos de verdad (y algunos de mis warhammers), y con una descripción chula que señalaba mi identidad e intereses, que incluían conocer gente nueva sin más expectativas. Y de verdad que soy la persona más arromántica que te puedas imaginar, y ya he aceptado y decidido que se acabó el sexo. Entre otros motivos porque lo que hace que no tenga especial disforia con mis genitales es que no tenga que utilizarlos.

Con todo esto me di de alta como mujer (que es lo que me considero) pero especificando claramente que soy trans, tanto en el género en sí mismo, como en la descripción. Puse fotos, mis putas fotos, en las que está clarísimo mi bajo cispassing. También puse que estaba abierta a cualquier género, porque me caen bien las personas independientemente de esos criterios.

Mi bajísima expectativa era que no iba a tener ni un match. Ah, Valeria del pasado, qué inocente eres.

Me puse un criterio propio, como cuando compro warhammer. En primer lugar, si la persona en cuestión no tenía descripción, descartada. Si la tenía, pero no me decía nada, descartada. Y ni puto caso a las fotos. Esto me llevó a descartar a más del 99%, así que rebajé el criterio a que por la descripción simplemente no me pareciera gilipollas, y este es un tema en sí mismo.

La sorpresa más increíble es que cuando yo le doy “match” a un tío, la probabilidad de que me lo haya dado previamente supera el 90%. Yo creo que por bastante. Interesante, ¿no?

Dicho esto, les abro un chat. Y con esto podemos clasificar a estas personas en tres subtipos.

El más grande con diferencia, son los que no me responden. Básicamente le habían dado “match” a todo sin mirar, y cuando les he escrito han mirado mi perfil y han pensado “contigo no, monstruo”, y han pensado que lo mejor es ni darme una explicación. Luego vuelvo sobre este asunto.

Hay un pequeño subconjunto de tíos que intentan venderme bitcoins. Básicamente son estafadores, y se nota mucho porque deben tener a varias tías en conversación y su diálogo es totalmente genérico. Yo en cuanto me lo huelo y sale la pregunta de la profesión, respondo, “me dedico a la seguridad informática y colaboro con la guardia civil denunciando estafadores online”. Mano de santo para que se conviertan en el subtipo anterior.

Y luego están los que me contestan, son majos y tenemos algún tipo de conversación. Estos son muy fáciles de distinguir, porque están en mi imaginación. No ocurren, en serio.

Lo mejor de todo esto es que tanto por foto como por descripción, se diría que son gente maja. Desde el tipo tímido que no confía mucho en estas aplicaciones pero quiere darle una oportunidad, o el romántico que explica (en su descripción) que las buenas relaciones parten de una buena conversación, hasta el deportista que quiere compartir su afición, no uno de esos seres geniales ha considerado decirme siquiera “perdona, es que yo no hago deporte con trans”.

Esto es un poco duro. O sea, no para mí, que ya tengo suficiente amor con mi espada, pero probablemente haya otra persona que sí le hagan daño estas actitudes. A mí me parece mal, en serio. Me parece el equivalente digital a otra situación que conozco bien, y que se produce cuando estoy bailando con mis amigas, y alguno de sus moscones acaba accidentalmente encarándome, y me hace algún gesto realmente feo con que deja claro a mí y a todo el que mire, que él no baila con trans.

Pero abramos un poco nuestro espectro visual para hacernos una imagen de conjunto de lo que son estas aplicaciones realmente. Es un hecho reconocido por sus gestores, que la distribución en función al género es irregular. Mientras que el número de hombres es superior al de mujeres, un pequeño porcentaje de hombres aglutina una gran proporción de las citas.

Vamos a ponerlo en un ejemplo numérico. Es como si fuese una “comunidad” en la que hay 20 mujeres y 100 hombres, pero los mismos 10 hombres son los que consiguen citas, los restantes 90 se comen los mocos.

Vamos, que viene a ser un mercado de carne masculina en el que los grandes ganadores no son otros que los dueños de la aplicación, que no dejan de ofrecerte servicios de pago para que sea un poco menos perdedor. Pista: vas a seguir siendo igual de perdedor, pero tendrás algunos euros menos.

De verdad, que no sé cómo puede parecerse más al proxenetismo sin ser directamente ilegal. O sea, hasta aquí podría decirse que esto es una delirante experiencia cyberpunk del setting este 2M23, pero aún tiene una vuelta de tuerca que lo hace aún mejor.

Yo no me dirijo a los que aglutinan las citas. Bueno, a alguno quizá sí, pero muchas veces no. ¿Y cómo lo sé? Pues muy sencillo, porque no paran de protestar del criterio femenino. “Bueno, pongo mi altura porque por lo visto es necesario”. “Verás que no he puesto una foto de mis abdominales porque yo creo que lo importante es la conversación”. Es sorprendente la cantidad de quejas nada pasivo agresivas que te encuentras. Ah, pillín, lo importante es la conversación, pero como tengo polla lo importante es no decirme ni una palabra.

Y esto ya sí que es el punto por el que llego a la conclusión inicial: me encanta Tinder. Me encanta ver cómo toda esa gente entiende que no tienen que decirme ni una puta palabra. “Hostia, que tiene polla, mejor no le digo nada. Además, soy una víctima de la sociedad porque soy un enano gordito y las tías son crueles”.

Me gusta confirmar que toda esa gente, cómplices silenciosos de los comerciantes de desgracia que son las redes sociales, se convierten en víctimas del modelo que ayudan a sustentar. Me gusta especialmente ver su cara de pardillos zampadoritos que anhelan desesperadamente un polvo, una relación o simplemente algo de afecto. Valoro la forma en la que se convierten en la carne masculina en prostitución que se vende en beneficio de una élite adinerada a la que compran otras soluciones en terrenos más o menos sórdidos, pero en los que se manejan con la misma falta de ética.

No soy ni mucho menos adicta a tinder. Pero en mi aislamiento puedo llegar a pensar bien de “la gente”, así en general, e incluso a inmiscuirme en causas nobles. En esos momentos de debilidad, me viene bien echar cinco minutos de tinder, y ponerle cara a la miseria humana. Así muy rápidamente vuelvo a ser consciente del mundo en el que vivo.