Doctor Skywalker
Ser una personalidad disociada es raro. En el mejor de los casos mi control es inestable y se ve alterado por mis mismos biorritmos, y en el peor de los casos, por elementos externos que no veo venir.
Hoy se ha producido una de estas segundas situaciones por una casualidad tan exagerada que si mi vida fuera una novela, diría que el autor ha sido cutre. La circunstancia en concreto se ha producido en el contexto de una visita a la sección de traumatología de un hospital, con ocasión de saber cómo de mal estoy en relación con un accidente que apareció en este blog en su momento, allá por 2023.
Durante la visita, me sentí un poco sorprendida de que el médico que me atendía tuviera un apellido muy particular que no mencionaré para preservar su economato, pero que para el propósito del artículo pasará a ser “Skywalker”.
-Qué curioso -le dije al doctor-. Porque a mí un doctor Skywalker me operó las piernas cuando era joven.
Esto es un poco impreciso, porque en verdad no era a mí, sino a otra personalidad mía. Pero bueno, no había entrado en disquisiciones psiquiátricas porque el doctor Skywalker II es traumatólogo, no psiquiatra.
-¿En qué hospital? - me preguntó.
-En el hospital de Tatooine -contesté.
Tampoco era en ese hospital. He cambiado el nombre para evitar que una legión de fans míos aparezca por el lugar.
-¡Pues quien te operó es mi padre, Anakin Skywalker!
-¿En serio él es tu padre?
-Sí, mira una foto.
Y era cierto, el tipo que me operó las piernas siendo joven y que también me trató de mi primer problemón discal era el padre del tipo que me ha tratado del segundo problemón discal. ¿Cuantos traumatólogos hay en la comunidad de Madrid? Solamente en ese hospital una veintena, y me tocó uno al azar. Hablamos un buen rato, porque su padre y mi padre (en realidad el padre de una edición anterior de mí) eran amigos, y tras un rato, nos separamos.
Pero las cosas se empezaron a complicar para mí, porque ahora puedo mirar a esas vivencias con aprendizajes nuevos en una personalidad distinta, y dar lugar a experiencias disociativas de lo más contraproducentes, mucho más que un space opera mierdoso con cliffhangers de paternidad tan improbables como ridículos.
Uno de los recuerdos más precisos que tengo de la juventud de él (esa personalidad anterior) se produjo cuando tenía doce años, y su (mi) hermana perdió el último autobús en una noche de viernes. Él (yo) fue con su madre a buscarla, y ya en el coche se produjo algo realmente extraño: la madre regañaba a la hermana no por el acto en sí, sino por ‘como se va a poner tu padre’. Eso fue raro, fue una lección.
Él (yo) no le vio mucho sentido, porque su padre ya debía estar más que dormido y no había tenido que alterar su vida en absoluto. Pero precisamente esperó voluntariamente despierto para montar la bronca familiar más impresionante que él (yo) había vivido hasta el momento. Aquello pasó del maltrato psicológico y entró en el físico. Y él (yo) no hizo nada más que albergar un profundo rencor hacia su padre, y eso se mantuvo en toda su relación a partir de entonces. Fue el momento en el que un niño dejó de decir “papá” y “mamá”, y ya dijo “padre” y “madre” el resto de su vida. La lección la aprendió tan bien, que cuando él (yo), cuatro años más tarde, perdió el último autobús, no llamó a casa, sino que se quedó en la estación a dormir con los mendigos. Y llegó a pensar que todas las familias eran así, y se sorprendió cuando descubrió que no lo eran.
En cierto sentido agradezco las lecciones que ese hombre vulgar, paranoico, cruel y desgraciado nos enseñó a todas mis personalidades. Nos enseñó a no confiar, y nos enseñó a odiar a todos los maltratadores como él. Casi le daría las gracias, supongo que si hoy soy capaz de avanzar con indiferencia por el infierno de mi vida es parcialmente por su influencia, pero él también les hizo daño a ellas, a su madre y su hermana.
Él me enseñó que tenía que ser un hombre fuerte y no llorar. Quizá ahora que soy una mujer trans me he podido librar de esa miserable lección y llorar hoy mientras pensaba que ojalá pudiera volver treinta años atrás en el tiempo, a esa noche de viernes en la que él propició ese abuso tan miserable. Porque habría subido hasta donde él estaba, y le habría gritado con toda la fuerza de mis pulmones de doce años, que como volviera a abusar de cualquiera de ellas, yo cogería un cuchillo y lo mataría mientras durmiera. Y me hubiera dado igual que me gritara, que me pegara o que me llevara a un psiquiatra, porque él habría visto en mis ojos que no mentiría, así que habría dejado de abusar de ellas, o yo habría cumplido mi amenaza, y los abusos habrían concluido también.
Pero él (yo) tenía doce años. No entendía como yo ahora, que sus (mis) enemigos tenían que saber que su (mi) vida le (me) importa mucho menos que hacerles todo el daño posible.
Ver estas cosas desde la distancia de la disociación de personalidad es muy particular, porque sin darme cuenta hago algo parecido a rellenar esas carencias afectivas, o la proyección de lo que debieron ser.
Voy a traer otra anécdota porque es relevante. Hace unas semanas, volvía yo de fiesta gótica, cuando caí en un control de alcoholemia y drogas (¡por cuarta vez en este año!). Voy a resumir muchísimo la situación: di positivo en THC, lo cuál es ridículo porque yo nunca tomo drogas, y la autoridad ya me estaba inmovilizando el coche. Insistí mucho en mi inocencia (mucho y muy nerviosamente), y finalmente me hicieron un segundo control y me dejaron ir, y solo me perdí unas horas y gané algo de ansiedad. Esto es bastante más largo y tiene muchos matices que no voy a incluir HOY.
El lunes siguiente se lo conté a mi maestro de armas, un (en sus palabras) señor mayor, de 58 años, quien protesta cuando se agacha, pero maniobra con endiablada agilidad bajo su espada.
-Es verdad, a ellos les da igual, pero estas cosas te crean muchísima indefensión -me dijo, resumiendo bastante bien mi sentimiento.
-Es que además yo estaba ahí en medio de la autopista a las cuatro de la madrugada, y yo no tengo quién me vaya a buscar -añadí.
-Claro que tienes quién -me respondió inmediatamente-. Tú me llamas, y yo te voy a buscar.
Me lo dijo con total naturalidad, dejándome claro que no se enfadaría, que no me haría preguntas. Que no le importaría incluso si había tomado drogas, o si fuera mi culpa haber perdido un autobús. Entendí, no sin contradicción, cuales son las cualidades de un buen padre, y cómo estas son totalmente contrarias a las de un miserable despojo que abusa físicamente y psicológicamente de su hija porque ha perdido un autobús.
Dentro de los complejos paradigmas de la disociación de personalidad, la dualidad de esta lección se pliega mejor que un space opera mierdoso, y me ofrece una visión que se presta a una comparación clara del padre maltratador que vivió mi primera identidad, en oposición al maestro de armas paciente que no ha tenido ningún problema en aceptarme como soy (en mi identidad de género, por ejemplo) y en apoyarme cuando necesito ayuda.
He(mos) tardado mucho tiempo en entender lo que es una figura paternal. Los daños que dejan las carencias se entremezclan con otras influencias vitales, y dan lugar probablemente a mi misma disociación, algo que puedo aceptar con cierta entereza. Lo que saca lágrimas de mis ojos es el recuerdo de los abusos sobre su hija y su mujer. Una mujer vulnerable, frágil y enfermiza que tenía un pánico confeso al “mañana” por la violencia que pudiera llegarle de un esposo impredecible. Estos y otros efectos ya no tienen solución.
Hoy se ha producido una de estas segundas situaciones por una casualidad tan exagerada que si mi vida fuera una novela, diría que el autor ha sido cutre. La circunstancia en concreto se ha producido en el contexto de una visita a la sección de traumatología de un hospital, con ocasión de saber cómo de mal estoy en relación con un accidente que apareció en este blog en su momento, allá por 2023.
Durante la visita, me sentí un poco sorprendida de que el médico que me atendía tuviera un apellido muy particular que no mencionaré para preservar su economato, pero que para el propósito del artículo pasará a ser “Skywalker”.
-Qué curioso -le dije al doctor-. Porque a mí un doctor Skywalker me operó las piernas cuando era joven.
Esto es un poco impreciso, porque en verdad no era a mí, sino a otra personalidad mía. Pero bueno, no había entrado en disquisiciones psiquiátricas porque el doctor Skywalker II es traumatólogo, no psiquiatra.
-¿En qué hospital? - me preguntó.
-En el hospital de Tatooine -contesté.
Tampoco era en ese hospital. He cambiado el nombre para evitar que una legión de fans míos aparezca por el lugar.
-¡Pues quien te operó es mi padre, Anakin Skywalker!
-¿En serio él es tu padre?
-Sí, mira una foto.
Y era cierto, el tipo que me operó las piernas siendo joven y que también me trató de mi primer problemón discal era el padre del tipo que me ha tratado del segundo problemón discal. ¿Cuantos traumatólogos hay en la comunidad de Madrid? Solamente en ese hospital una veintena, y me tocó uno al azar. Hablamos un buen rato, porque su padre y mi padre (en realidad el padre de una edición anterior de mí) eran amigos, y tras un rato, nos separamos.
Pero las cosas se empezaron a complicar para mí, porque ahora puedo mirar a esas vivencias con aprendizajes nuevos en una personalidad distinta, y dar lugar a experiencias disociativas de lo más contraproducentes, mucho más que un space opera mierdoso con cliffhangers de paternidad tan improbables como ridículos.
Uno de los recuerdos más precisos que tengo de la juventud de él (esa personalidad anterior) se produjo cuando tenía doce años, y su (mi) hermana perdió el último autobús en una noche de viernes. Él (yo) fue con su madre a buscarla, y ya en el coche se produjo algo realmente extraño: la madre regañaba a la hermana no por el acto en sí, sino por ‘como se va a poner tu padre’. Eso fue raro, fue una lección.
Él (yo) no le vio mucho sentido, porque su padre ya debía estar más que dormido y no había tenido que alterar su vida en absoluto. Pero precisamente esperó voluntariamente despierto para montar la bronca familiar más impresionante que él (yo) había vivido hasta el momento. Aquello pasó del maltrato psicológico y entró en el físico. Y él (yo) no hizo nada más que albergar un profundo rencor hacia su padre, y eso se mantuvo en toda su relación a partir de entonces. Fue el momento en el que un niño dejó de decir “papá” y “mamá”, y ya dijo “padre” y “madre” el resto de su vida. La lección la aprendió tan bien, que cuando él (yo), cuatro años más tarde, perdió el último autobús, no llamó a casa, sino que se quedó en la estación a dormir con los mendigos. Y llegó a pensar que todas las familias eran así, y se sorprendió cuando descubrió que no lo eran.
En cierto sentido agradezco las lecciones que ese hombre vulgar, paranoico, cruel y desgraciado nos enseñó a todas mis personalidades. Nos enseñó a no confiar, y nos enseñó a odiar a todos los maltratadores como él. Casi le daría las gracias, supongo que si hoy soy capaz de avanzar con indiferencia por el infierno de mi vida es parcialmente por su influencia, pero él también les hizo daño a ellas, a su madre y su hermana.
Él me enseñó que tenía que ser un hombre fuerte y no llorar. Quizá ahora que soy una mujer trans me he podido librar de esa miserable lección y llorar hoy mientras pensaba que ojalá pudiera volver treinta años atrás en el tiempo, a esa noche de viernes en la que él propició ese abuso tan miserable. Porque habría subido hasta donde él estaba, y le habría gritado con toda la fuerza de mis pulmones de doce años, que como volviera a abusar de cualquiera de ellas, yo cogería un cuchillo y lo mataría mientras durmiera. Y me hubiera dado igual que me gritara, que me pegara o que me llevara a un psiquiatra, porque él habría visto en mis ojos que no mentiría, así que habría dejado de abusar de ellas, o yo habría cumplido mi amenaza, y los abusos habrían concluido también.
Pero él (yo) tenía doce años. No entendía como yo ahora, que sus (mis) enemigos tenían que saber que su (mi) vida le (me) importa mucho menos que hacerles todo el daño posible.
Ver estas cosas desde la distancia de la disociación de personalidad es muy particular, porque sin darme cuenta hago algo parecido a rellenar esas carencias afectivas, o la proyección de lo que debieron ser.
Voy a traer otra anécdota porque es relevante. Hace unas semanas, volvía yo de fiesta gótica, cuando caí en un control de alcoholemia y drogas (¡por cuarta vez en este año!). Voy a resumir muchísimo la situación: di positivo en THC, lo cuál es ridículo porque yo nunca tomo drogas, y la autoridad ya me estaba inmovilizando el coche. Insistí mucho en mi inocencia (mucho y muy nerviosamente), y finalmente me hicieron un segundo control y me dejaron ir, y solo me perdí unas horas y gané algo de ansiedad. Esto es bastante más largo y tiene muchos matices que no voy a incluir HOY.
El lunes siguiente se lo conté a mi maestro de armas, un (en sus palabras) señor mayor, de 58 años, quien protesta cuando se agacha, pero maniobra con endiablada agilidad bajo su espada.
-Es verdad, a ellos les da igual, pero estas cosas te crean muchísima indefensión -me dijo, resumiendo bastante bien mi sentimiento.
-Es que además yo estaba ahí en medio de la autopista a las cuatro de la madrugada, y yo no tengo quién me vaya a buscar -añadí.
-Claro que tienes quién -me respondió inmediatamente-. Tú me llamas, y yo te voy a buscar.
Me lo dijo con total naturalidad, dejándome claro que no se enfadaría, que no me haría preguntas. Que no le importaría incluso si había tomado drogas, o si fuera mi culpa haber perdido un autobús. Entendí, no sin contradicción, cuales son las cualidades de un buen padre, y cómo estas son totalmente contrarias a las de un miserable despojo que abusa físicamente y psicológicamente de su hija porque ha perdido un autobús.
Dentro de los complejos paradigmas de la disociación de personalidad, la dualidad de esta lección se pliega mejor que un space opera mierdoso, y me ofrece una visión que se presta a una comparación clara del padre maltratador que vivió mi primera identidad, en oposición al maestro de armas paciente que no ha tenido ningún problema en aceptarme como soy (en mi identidad de género, por ejemplo) y en apoyarme cuando necesito ayuda.
He(mos) tardado mucho tiempo en entender lo que es una figura paternal. Los daños que dejan las carencias se entremezclan con otras influencias vitales, y dan lugar probablemente a mi misma disociación, algo que puedo aceptar con cierta entereza. Lo que saca lágrimas de mis ojos es el recuerdo de los abusos sobre su hija y su mujer. Una mujer vulnerable, frágil y enfermiza que tenía un pánico confeso al “mañana” por la violencia que pudiera llegarle de un esposo impredecible. Estos y otros efectos ya no tienen solución.