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Algunas espadas mágicas

Creo que si le preguntara a treinta alumnes de esgrima antigua por sus motivaciones para practicarla, obtendría treinta respuestas diferentes. No obstante, lo que objetivamente obtenemos de ello es más o menos lo mismo, pero de nuevo, cómo interpretamos esa información y qué aprovechamos de ello, es tan personal e íntimo, que mi punto de vista el cual vierto a continuación, es simplemente uno más. Además, soy una persona muy novata en esta práctica, así que espero que todos los errores que cometa sean aludidos a esta falta de experiencia.

Cuando entré en la sala Carranza, absolutamente todo me atemorizaba. Desde cosas tan familiares para mí como los calentamientos, hasta los elementos más obviamente intimidantes: los asaltos. Pero entre medias, hay una ingente cantidad de pequeños detalles que se sumaban a todos los demás y hacían que todo el entorno fuera en mi percepción, básicamente, un lugar inseguro.



No sé si será así para todo el mundo. Quiero pensar que no todas las personas que quieran aprender una disciplina marcial tengan que enfrentarse a sus miedos infantiles al ridículo o al recuerdo del abuso en las clases de educación física.

En cualquier caso tengo cuarenta años y mucha experiencia a mis espaldas. Si la presión que yo misma me impongo hace que llore bajo mi careta, lloro y sigo adelante. Sé que no es culpa de nadie, sé que no me van a juzgar por ser débil. A veces hasta me felicitan, cuando de vez en cuando hago algo bien, y me voy a casa con una sonrisa de idiota.

Con el tiempo, empecé a adquirir costumbre. Cada uno de los elementos que me causaban pánico, pasaron a ser familiares, y como si las lágrimas se hubiesen secado, mi vista pasó a ser mucho más nítida. Entendí que en ese lugar en el que se practica artes marciales, todo cumple un principio fundamental: la energía invertida es siempre la mínima posible. Las estanterías en las que reposan las espadas de los alumnos, la pizarra en la que se anotan los contenidos lectivos del mes en curso, la nevera de la que obtener algo de agua para las gargantas secas… todo funciona de una forma sencilla.



La sala Carranza nunca será rica. Desde luego no con la exigua cuota que abonamos los alumnos. No hace falta ser muy hábil en matemáticas para ser más o menos consciente de que estos espacios en los que entrenamos esgrima antigua tienen que conformarse con sobrevivir. Y esto no es algo en absoluto particular de la sala Carranza: las cuotas reducidas o incluso ridículas son la constante en el gremio, y por lo tanto evidencian que sus gestores obtienen algo diferente al rédito económico.

Pero para mí hay algo muy especial, prácticamente mágico en esta necesaria simplicidad, y es que crea un muro con respecto al más que conocido mundo exterior contemporáneo, lleno de falsas sonrisas de instagram, historias perfectas de facebook y frases mierder de taza de mister wonderful.

Y no es que el conjunto social de la sala Carranza escape en absoluto de este mundo exterior, ni lo pretenda en general. Elementos para mí disonantes amenazan con romper este entorno, cosas como el grupo de whatsapp o la aplicación de gestión de clases. ¿¿Para qué queremos semejante engendro digital cuando podemos contar con la excelencia de la carta manuscrita??

“Estimado maestro, ruego me excuse por mi ausencia en la clase de este miércoles debido a motivos de fuerza mayor que superan a mi voluntad. Adjunto, en cualquier caso, el habitual pagaré por la suma de trece maravedíes con el deseo de recuperar dicha clase perdida en el futuro. Esperando no causarle trastorno, y deseando que goce de buena salud, me pongo a su disposición. Valeria.”

Supongo que obrar así tendría cierta gracia, pero no sería práctico. Los artistas marciales saben mucho de lo que es práctico, quieren que todos sus movimientos impliquen la mínima inversión posible, y esto se traslada a todo, incluida la citada aplicación de gestión. Yo la odio con ganas, pero en cualquier caso desaparece de mi percepción en cuanto hacemos el saludo y “nos ponemos al tema”.



Yo creo que hay algo realmente muy disruptivo en todo esto. Si tú le dices a alguien exento de esta actividad que haces judo, es normal, si le dices que haces kung fu, es normal (las artes marciales orientales están integradas dentro de la cultura occidental), si le dices que haces esgrima olímpica, es tan adecuado como jugar al ajedrez, pero cuando le dices que te das mamporros con una espada de dos manos, la cosa cambia. No nos engañemos, esto es, cuanto menos, infrecuente (en el sentido de que no es frecuente).

Esta disrupción social bien puede ser heredada de su belleza letal. A fin de cuentas lo que buscamos es causar una herida incapacitante a nuestro adversario. Lo hacemos de forma simulada y segura (y pagamos un precio por ello), pero yo creo que la verdad detrás de ello es que la agresión violenta está detrás de cada una de nuestras lecciones, y que esto se suma a las muchas barreras sociales que hay que superar para adentrarse en esta práctica.

Yo no tengo un interés especial en que se derriben. Está claro que queremos más practicantes que crezcan en nuestra compañía, pero esto no puede llegar a cualquier coste. A mí me encanta entrenar pesas, pero lo hago en solitario, lejos de la vanidad de los espejos y la siempre presente sombra de los esteroides anabolizantes. He escapado atemorizada por la violencia descontrolada de algunos kickboxers, y del ego desmedido de taekwondokas que solo buscaban el punto olímpico académico. Ni siquiera soy ya capaz de correr en la carrera de mi pueblo, en la que si no subes tu tiempo a no-sé-qué-red-social es como si no hubieses corrido.

Esto no quita que los que recibamos clase y tiremos asaltos seamos personas diferentes de las demás. Algunas son sesudas historiadoras, y otras somos frikis de narices. No, no somos diferentes, pero personalmente, cuando entro por la puerta, soy una persona, y cuando dos horas y media después, tras dos horas de clase y media de asaltos, salgo con mi espada en su funda… me doy de bruces con el mundo real. Y siempre soy consciente de que he estado haciendo algo secreto, algo aún más infrecuente que la transgeneridad por la que me llevo tantas miradas perplejas. De verdad, que para mí hay un maldito portal ahí dentro, casi un hechizo ritual que se inicia cuando se ejecuta el saludo, y que acaba cuando guardo la espada y salgo por la puerta.

La fuerza de este ritual viene por el hecho de que esta práctica, por su propia naturaleza, no se pliega gran cosa a las innovaciones tecnológicas. Con todos los ingenios digitales que podamos desarrollar, la esgrima que practicamos viene a ser la misma que la de un señor del siglo… ¡el que sea! Podríamos ponernos frente a él, saludar, presentar nuestra arma, y empezaríamos a hablar un idioma común:

“Yo tengo el centro. No, ahora lo tengo yo. Pues te transfiero y te cambio de línea. Bueno, pues yo ahora aparto la hoja, ¿qué tienes que decir?”.

Seguramente ese señor de los tiempos pretéritos me metería una paliza porque él entrenaba porque su vida dependía de ello, pero nosotros estamos haciéndolo en un mundo en el que es innecesario, y al hacerlo decimos que “no” a muchas de sus convenciones, al menos un rato.

Creo que esto es una de las cosas más importantes que yo saco de todo esto. Al reducirme a mi biomecánica y a un palo de acero, le estoy diciendo “no” a la hipocresía de las redes sociales, a las exigencias de mi jefe, al consumismo desmedido, al vivir apresuradamente sin pararme a oler el aroma de… bueno, de las chaquetillas sudadas.

Todo gira en torno a ese momento. Llevo mis protecciones y tengo una espada, y mi oponente está igual. Entre ambos se determina cómo vamos a actuar, quizá nos demos con ganas, o quizá juguemos más tranquilamente. A lo mejor nos apetece probar, o incluso nos dejemos tocar en ciertas circunstancias para que la otra persona pruebe. Todo lo demás, las armaduras en cajas de plástico de la entrada, las espadas en los soportes, el yeso de la pared, la nevera vieja, el estandarte, la pizarra, la aplicación, la cuota reducida… todo está al servicio de ese momento.

Creo que si le preguntara a treinta alumnes de esgrima antigua por lo que obtienen, recibiría muchas respuestas distintas. Si me lo pregunto a mí misma, obtengo una respuesta diferente si es lunes o si es miércoles, pero este aspecto que he intentado transmitir en este artículo siempre está ahí.

Una vez una persona me dijo que yo no hacía esgrima como alguien que disfrutara, sino como alguien que la usaba para evadirse de sus problemas, que no afrontaba. “Claro, no te jode”, le dije, “si tú tuvieras mi vida también querrías huir”. Tengo mucha experiencia huyendo, más que corriendo incluso, pero por mucho que huya, siempre me encuentro con que yo ya he llegado a ese lugar. No sé si para el estimado lector que haya llegado hasta aquí (hola, lector) esto tendrá algún sentido, pero para mí está relacionado con todo lo demás.