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Algo más que bailar

Recuerdo que cuando empecé a recorrer el camino de la transición, me encantaba salir a bailar. Era prácticamente lo único que hacía, porque me daba auténtico pavor hacer cualquier otra cosa como echar gasolina o comprar el pan.

Es alucinante todo lo que se puede avanzar cuando simplemente haces las cosas. Ahora no solamente puedo echar gasolita o comprar el pan siendo Valeria, sino que incluso me he gestionado la compra de una vivienda y la obra de remodelación consiguiente, entre otras muchas cosas… como salir a bailar. Me sigue gustando mucho bailar, es algo que descubrí al transicionar, y lo hago unas cuantas veces al mes.

Es algo que está muy bien. Implica un flujo muy agradable en el que la información entra por mis oídos y se traduce en un movimiento que se combina con el de otras personas. Ellas me influyen, yo las influyo a ellas, y todo lo que sale de esa liberación de energía es positivo para mí.

Pero aunque, insisto, me sigue gustando, ya no es exactamente lo mismo. Simplemente ya no es algo para mí tan novedoso, y ya no siento que esté rompiendo unas rejas que me limitaran, así que la experiencia, siendo inmensamente divertida, se ha convertido en algo más cotidiano. Bueno, hay momentos muy especiales en los que bailo con gente con la que te compenetro bien y que llevan unos outfit espectaculares, suena la canción adecuada y desaparece todo menos el presente... y es tan bueno como pelearme. Imagino que el sexo puede ser algo así para las personas que lo disfrutáis.

Pero pienso que podría ser mejor. No sé, quizá viva un poco condicionada por las escenas prefabricadas de las películas americanas, por los pretenciosos vídeos musicales de grupos modernos, o por los directos de intérpretes que gozan de una gran presencia en el escenario, y tengo el deseo de asistir a una de esas insuperables expresiones de creatividad apasionada, instantánea, espontánea e irrepetible, como uno de esos mandalas de arena, destinados a existir durante muy poco tiempo en el plano físico, pero causar un impacto en las personas que formaron parte de su existencia.

He ido a diferentes eventos nocturnos a lo largo de casi todos los fines de semana de los últimos cuatro años, y pocas veces he visto algo que se acerque a un momento así. La mayor parte de las ocasiones ni siquiera hay un intento real, sino que la experiencia se limita a aquello estandarizado que combina bien con las copas rebajadas para que al final simplemente nos dejemos algo de nuestro dinero, como si eso fuera aquello con lo que nos tenemos que conformar simplemente porque funciona en un sentido estable.

En ocasiones algunos organizadores intentan ser algo más originales. Tengo la sensación de que algunos están limitados en los recursos que pueden destinar a crear algo especial, mientras que otros parecen tener un deseo de transgredir por encima de lo convencional, pero no me parece que tengan una idea de cómo traducir esta energía en algo especial, y no creo que consigan definir lo suficiente de esa transgresión vacía para que sus gestos se alejen de la cosificación sexual básica y desde luego a mí no me invitan a participar ni me sacan del lamento por el pasado o el temor al futuro.

No pienso que sea algo imposible. Nuestra propia imaginación nos debería llevar a expresiones novedosas características de nuestra personalidad, pero incluso la observación de eventos en otros lugares, o de aquellos que pertenecen a la ficción cinematográfica o literaria ofrecen un marco básico sobre el que construir o desde el que deconstruir para dar lugar a algo que se salga un poco de lo que ya está más que domeñado, recorrido y experimentado.

Quizá sea mi culpa porque no tomo drogas ni alcohol, pero tampoco soy una persona que pueda acceder a las cosas que parecen ser fundamentales en la vida de la mayoría, como el amor romántico, la descendencia, un trabajo estable, o una familia funcional o no funcional. Ni siquiera puedo decir que sepa cómo es eso de disfrutar de comer.

No sé, creo que no estoy pidiendo la luna. Tiene que poder hacerse.