Ahora tengo una dotanuki
Ahora tengo una dotanuki, ¡yuju! Es algo de lo que ya he escrito un poco hace nada, pero creo que el asunto merece uno o dos párrafos más. Quizá un par de páginas. Será breve. Bueno, quizá no lo bastante breve… pero al menos le pondré secciones.

Creo que no hay un arma que tenga tanto misticismo asociado como las katanas. Las historias que transmiten desinformación, exageraciones o leyendas no solo han cruzado todas las fronteras territoriales y abarcado múltiples ámbitos artísticos, sino que incluso se han prodigado en confusos debates repetidos en la actualidad en ridículos vídeos de internet hasta el extremo de que en plena era de la información, la realidad que la rodea es muy esquiva.
Lo que me parece innegable es que la belleza estética de las katanas ha sido una parte importante de cara a convertirla en la espada más presente en la ficción. El ámbito de estas obras incluo excede el japón feudal del que son originarias y se cuela en populares obras contemporáneas o incluso de estilo cyberpunk.
![]()
Por supuesto, su misticismo no está únicamente asociado a esta cuestión estética, sino que entronca con la visión del “samurai”, el fascinante guerrero japonés que en occidente resulta tan extraño y cautivador. En este sentido la espada japonesa encaja completamente en la visión de algo lejano y misterioso a lo que un occidental moderno no puede acceder de ninguna manera, y pone el foco de atención en un único objeto, pero en verdad señala a una gran cantidad de tropos como la ceremonia del te, los poemas haiku, los duelos por honor, el ritual de suicidio, los clanes familiares, el aventurero errante, y tantos otros fenómenos culturales. Claro que cuando nos queremos poner así de positivos no hablamos del clasismo estructural, la cultura belicista expansionista, el machismo evidente, la crueldad del sistema de justicia, las pruebas con prisioneros vivos, la cuestionable sexualidad y tantas otras cualidades que forman parte integral del conjunto.

Pero en fin, bonitas son un rato, ¿no?
Yo me acerqué al mundo de los samurai, como tantas otras personas, a través de ficciones que no siempre eran acertadas, porque muchas veces están dirigidas por americanos y orientadas al público occidental, de forma que intencionalmente o no están cargadas de sesgos.
No debía tener ni dieciséis años cuando empecé a tontear con “La leyenda de los cinco anillos”, que viene a ser una ficción fantástica totalmente americanizada, pero que incluso a fecha de hoy me sigue proyectando cierto encanto. Creo que en el mismo periodo empecé a leer “Usagi Yojimbo”. Su autor, Stan Sakai es de sangre japonesa, si bien creció en Hawaii, así que yo diría que las aventuras del conejo samurai están a medio camino entre una visión nipona y americana. Por esta época estaba también muy de moda la miniserie “Shogun”, y por supuesto eran razonablemente accesibles las famosísimas películas de Kurosawa Akira. Títulos como “Los siete samurai”, “Yojimbo”, “La fortaleza escondida” o (en otro tono) “Ran” me adentraron en visiones menos occidentales del estilo samurai.

En España era muy popular también el anime “Kenshin”, que si bien es una fantasía de tomo y lomo, también nos sacaba del periodo Sengoku y nos llevaba a la restauración Meiji. La katana había sobrevivido a siglos de medievo oriental, al Bakumatsu, y se resistía a desaparecer incluso ante la presencia de armas de fuego.
Algunos años más tarde se hicieron muy populares ficciones totalmente americanas como “El último samurai” o “Kill Bill”, que son muy criticables a muchísimos niveles, pero sin duda aparecen katanas y estas tienen un protagonismo constante.
Y todo esto sin citar videojuegos, de los que destacaría positivamente los dos “Bushido Blade”, cuyo estilo es sin duda un padre para otros títulos modernos.

No voy a decir que yo sea una experta este asunto porque no lo soy, pero desde luego siempre he tenido más interés y conocimiento de los shogunes que de los reyes de España.
Aunque desde luego la obra de ficción que más me marcó en este sentido fue “El lobo solitario y su cachorro”, de principio a fin. Esta epopeya dramática nos ilustra, siempre desde la ficción, el vivir de un Japón oscuro y violento, escrito y dibujado por dos señores japoneses para el público japonés. No es la única obra que firman Koike Kazuo y Kojjima Goseki, y el tiempo me dio la oportunidad de leer, entre otras, las historias de Asa, Hanzo, Kei o el siempre fascinante Tarobe Koi.

No creo que leer estas obras sea para todo el mundo. Por una parte transmiten la sublime visión de un mundo bastante oscuro, pero la óptica de los años setenta en Japón tampoco es precisamente ejemplar. Particularmente son obras en las que aparece un machismo evidente y una visión del sexo que es también bastante ilustrativo.
Pero en fin, fuera de todas estas cuestiones, estas obras me inculcaron un diferente modelo narrativo que representa, con sus virtudes y defectos, la sociedad samurai japonesa. Dentro de este marco, la figura del héroe oriental difiere de forma evidente el homólogo occidental, pues forma parte de un contexto social ante el que tiene que responder, de manera que los actos de individualismo suelen estar ligados a un drama personal de consecuencias casi siempre fatales para su persona. Muchos de los personajes de Kazuo Koike han renunciado a su humanidad y recorren un camino terrible, y si bien este está lleno de duelos románticos y discursos grandiosos, no deja demasiado lugar para una moralidad occidental o el más simple respeto por la vida.
Además, la espada de Ogami Itto, el lobo solitario, es una dotanuki. Una espada de guerra ancha que no se mella y con la que se dan buenos zurriagazos desde el caballo, ahí es nada.
Así que cuando estaba mirando el catálogo de Yari No Hanzo, que un modelo de katana fuera una dotanuki, obviamente tuvo el poder de llamar mi atención. Claro que Koike Kazuo me habría escupido por ser trans y gaijin, pero yo no puedo ser una samurai, solo una guerrera trans cyberpunk.
Koike Kauo falleció el 17 de abril de 2019. Llevé un brazalete blanco en un brazo en su recuerdo, pues el blanco es el color del luto en japón.
En cualquier caso, hasta marzo de 2026, nunca había tenido una espada nipona, y como supongo que se desprende de este texto, no es por falta de interés en ellas ni en el mundo samurai. Pero la verdad es que nunca me consideré digna de tener una porque no sabía manejarlas.
En el contexto occidental del siglo XXI, tener una katana simplemente es una cuestión de poder pagarla, así que la mayor parte de las que se venden acaban en manos de sujetos que no saben usarlas. Tampoco en el contexto de la paz de Tokugawa portar una espada implicaba saber defenderse con ella, pues se había vuelto un símbolo de una clase social que, ya lejos de las necesidades bélicas, ocupaba los puestos de funcionariado mientras iba cediendo poder a la emergente clase comerciante.
De una forma análoga, si yo me hubiera comprado una katana a lo largo de estos años, estaría reconociendo mi pertenencia a una clase social con capacidad económica, pero sin conocimiento explícito de artes marciales. Habría sido una espada en un expositor. Arte estético, que es algo que no está mal, pero que no termina de encajar con la visión que quiero tener ante mí misma.
Esto me lleva a algún momento alrededor de septiembe de 2024. Por ese entonces yo ya tenía suficiente soltura con la espada larga como para sentirme cómoda y confiada en multitud de circunstancias, pero por otra parte sentía ciertas carencias en el juego de media distancia (creo que siempre será mi punto más débil) y el juego sin contacto de espadas. Y en esta situación, mi maestro Juan Carlos Fernández anunció el curso de kenjutsu gekiken en la sala Carranza.
Yo me apunté con ciertas dudas sobre mi propia capacidad. Por una parte pensaba que mejoraría en mi juego sin agregación… y por otra parte, aprendería a manejar una katana siguiendo la filosofía de asaltos con espadas de metal propia de la esgrima histórica. Personalmente atravesaba una etapa complicada, y no me venía mal tener más tiempo ocupado.
No ha sido algo que viniera sin coste. Ocupar el tiempo estaba bien a nivel mental, pero he mantenido mi asistencia de forma continuada incluso cerca de superar esa fase, y no me gustaría dejarlo. El coste en combustible para acudir a las clases tampoco es trivial en absoluto, así que al final es una disciplina que es exigente para mí.
Claro que también lo fue a nivel mental. La katana es una espada de dos manos, pero solamente tiene un lado afilado, y carece de arriaces, así que el juego realmente es diferente al de mi querida espada larga al cual estaba acostumbrada. Someterme de nuevo a más incomodidad fue duro, pero tras mucho entrenamiento y combate, empecé a sentirme también cómoda, y sin que yo pretenda decir que sea buena en algo, por lo menos sé por qué tengo éxito cuando lo tengo, y por qué fracaso cuando no.
Así que ya estaba cumpliendo mis propios estándares. Podía comprarme una katana sin que fuese un objeto decorativo. Estaba preparada.
Un lector avispado sumará los datos expuestos y pensará que me puse a buscar explícitamente una dotanuki específicamente, pero como indica el título de esta tercera parte, no fue así. Y el motivo principal es que nunca he tenido demasiado claro qué es una dotanuki.
Bueno, está claro que en la ficción de Koike Kazuo, una dotanuki es una espada de guerra corta que no mella y desde la que se meten buenos zurriagazos desde el caballo. Pero si buscamos por internet, nos encontramos con mucha información variada que en el mejor de los casos es incompleta, y en el peor, contradictoria.

El principio de prudencia documental me obliga a poner en duda a toda fuente, especialmente en el siglo XXI en internet, pero es que en este caso concreto, el fuerte misticismo mencionado anteriormente empapa a cualquier información.
Por supuesto, podría haber preguntado a un experto sensei con el que tengo relativa cercanía, quien ha publicado varios artículos en relación con los sables japoneses, pero no consideré que esta curiosidad mía tuviera suficiente profundidad como para ocupar su docto tiempo.
En verdad, mi proceso de compra iba a ser bastante más desenfrenado, desinformado y probablemente cyberpunk: le pregunté a un amigo del grupo de kenjutsu gekiken por el proveedoor adecuado, y miré el catálogo, espada por espada.
Dentro de la profusa descripción aparecida en la web del artesano, en la descripción de la dotanuki aparecen varias veces palabras como “sobrio, funcional, limpia, práctica, austera, contenida”. Y una guerrera trans cyberpunk como yo quiere un arma que funciona, no la más bonita. Ya me la habian vendido.
Pero es que además… ¡es una dotanuki!

De acuerdo, no sé lo que esperar de una dotanuki. Tengo la visión que Koike Kazuo vertió en su manga más famoso, pero este tiene una innumerable cantidad de elementos de ficción. Tambié está el punto de vista del fabricante al que la compré, pero en la descripción aparecen elementos que no concuerdan con lo que aparece en la wikipedia, y en esta última pone cosas distintas en función al idioma en la que se consulte.
Pero creo que una dotanuki es una espada pensada para aguantar los rigores de la guerra. Por lo tanto hace grandes sacrificios en términos estéticos para mantener el máximo de funcionalidad, y eso me gusta, satisface la auto visión de la que ya escribí en la primera parte de este texto.
Es un concepto que inspiró a Koike Kazuo, y también al fabricante de la propia espada que tengo en mis manos. Una posición dentro de la práctica armada con la que me siento a gusto, y a la que espero contribuir con mis acciones, pues si bien yo nunca voy a ser la mejor en esta exigente práctica, sí tengo claros los principios que guían mi experiencia.
Primera parte: ninguna espada es tan popular.
Creo que no hay un arma que tenga tanto misticismo asociado como las katanas. Las historias que transmiten desinformación, exageraciones o leyendas no solo han cruzado todas las fronteras territoriales y abarcado múltiples ámbitos artísticos, sino que incluso se han prodigado en confusos debates repetidos en la actualidad en ridículos vídeos de internet hasta el extremo de que en plena era de la información, la realidad que la rodea es muy esquiva.
Lo que me parece innegable es que la belleza estética de las katanas ha sido una parte importante de cara a convertirla en la espada más presente en la ficción. El ámbito de estas obras incluo excede el japón feudal del que son originarias y se cuela en populares obras contemporáneas o incluso de estilo cyberpunk.
Por supuesto, su misticismo no está únicamente asociado a esta cuestión estética, sino que entronca con la visión del “samurai”, el fascinante guerrero japonés que en occidente resulta tan extraño y cautivador. En este sentido la espada japonesa encaja completamente en la visión de algo lejano y misterioso a lo que un occidental moderno no puede acceder de ninguna manera, y pone el foco de atención en un único objeto, pero en verdad señala a una gran cantidad de tropos como la ceremonia del te, los poemas haiku, los duelos por honor, el ritual de suicidio, los clanes familiares, el aventurero errante, y tantos otros fenómenos culturales. Claro que cuando nos queremos poner así de positivos no hablamos del clasismo estructural, la cultura belicista expansionista, el machismo evidente, la crueldad del sistema de justicia, las pruebas con prisioneros vivos, la cuestionable sexualidad y tantas otras cualidades que forman parte integral del conjunto.
Pero en fin, bonitas son un rato, ¿no?
Segunda parte: nunca me sentí digna.
Yo me acerqué al mundo de los samurai, como tantas otras personas, a través de ficciones que no siempre eran acertadas, porque muchas veces están dirigidas por americanos y orientadas al público occidental, de forma que intencionalmente o no están cargadas de sesgos.
No debía tener ni dieciséis años cuando empecé a tontear con “La leyenda de los cinco anillos”, que viene a ser una ficción fantástica totalmente americanizada, pero que incluso a fecha de hoy me sigue proyectando cierto encanto. Creo que en el mismo periodo empecé a leer “Usagi Yojimbo”. Su autor, Stan Sakai es de sangre japonesa, si bien creció en Hawaii, así que yo diría que las aventuras del conejo samurai están a medio camino entre una visión nipona y americana. Por esta época estaba también muy de moda la miniserie “Shogun”, y por supuesto eran razonablemente accesibles las famosísimas películas de Kurosawa Akira. Títulos como “Los siete samurai”, “Yojimbo”, “La fortaleza escondida” o (en otro tono) “Ran” me adentraron en visiones menos occidentales del estilo samurai.
En España era muy popular también el anime “Kenshin”, que si bien es una fantasía de tomo y lomo, también nos sacaba del periodo Sengoku y nos llevaba a la restauración Meiji. La katana había sobrevivido a siglos de medievo oriental, al Bakumatsu, y se resistía a desaparecer incluso ante la presencia de armas de fuego.
Algunos años más tarde se hicieron muy populares ficciones totalmente americanas como “El último samurai” o “Kill Bill”, que son muy criticables a muchísimos niveles, pero sin duda aparecen katanas y estas tienen un protagonismo constante.
Y todo esto sin citar videojuegos, de los que destacaría positivamente los dos “Bushido Blade”, cuyo estilo es sin duda un padre para otros títulos modernos.

No voy a decir que yo sea una experta este asunto porque no lo soy, pero desde luego siempre he tenido más interés y conocimiento de los shogunes que de los reyes de España.
Aunque desde luego la obra de ficción que más me marcó en este sentido fue “El lobo solitario y su cachorro”, de principio a fin. Esta epopeya dramática nos ilustra, siempre desde la ficción, el vivir de un Japón oscuro y violento, escrito y dibujado por dos señores japoneses para el público japonés. No es la única obra que firman Koike Kazuo y Kojjima Goseki, y el tiempo me dio la oportunidad de leer, entre otras, las historias de Asa, Hanzo, Kei o el siempre fascinante Tarobe Koi.
No creo que leer estas obras sea para todo el mundo. Por una parte transmiten la sublime visión de un mundo bastante oscuro, pero la óptica de los años setenta en Japón tampoco es precisamente ejemplar. Particularmente son obras en las que aparece un machismo evidente y una visión del sexo que es también bastante ilustrativo.
Pero en fin, fuera de todas estas cuestiones, estas obras me inculcaron un diferente modelo narrativo que representa, con sus virtudes y defectos, la sociedad samurai japonesa. Dentro de este marco, la figura del héroe oriental difiere de forma evidente el homólogo occidental, pues forma parte de un contexto social ante el que tiene que responder, de manera que los actos de individualismo suelen estar ligados a un drama personal de consecuencias casi siempre fatales para su persona. Muchos de los personajes de Kazuo Koike han renunciado a su humanidad y recorren un camino terrible, y si bien este está lleno de duelos románticos y discursos grandiosos, no deja demasiado lugar para una moralidad occidental o el más simple respeto por la vida.
Además, la espada de Ogami Itto, el lobo solitario, es una dotanuki. Una espada de guerra ancha que no se mella y con la que se dan buenos zurriagazos desde el caballo, ahí es nada.
Así que cuando estaba mirando el catálogo de Yari No Hanzo, que un modelo de katana fuera una dotanuki, obviamente tuvo el poder de llamar mi atención. Claro que Koike Kazuo me habría escupido por ser trans y gaijin, pero yo no puedo ser una samurai, solo una guerrera trans cyberpunk.
Koike Kauo falleció el 17 de abril de 2019. Llevé un brazalete blanco en un brazo en su recuerdo, pues el blanco es el color del luto en japón.
En cualquier caso, hasta marzo de 2026, nunca había tenido una espada nipona, y como supongo que se desprende de este texto, no es por falta de interés en ellas ni en el mundo samurai. Pero la verdad es que nunca me consideré digna de tener una porque no sabía manejarlas.
En el contexto occidental del siglo XXI, tener una katana simplemente es una cuestión de poder pagarla, así que la mayor parte de las que se venden acaban en manos de sujetos que no saben usarlas. Tampoco en el contexto de la paz de Tokugawa portar una espada implicaba saber defenderse con ella, pues se había vuelto un símbolo de una clase social que, ya lejos de las necesidades bélicas, ocupaba los puestos de funcionariado mientras iba cediendo poder a la emergente clase comerciante.
De una forma análoga, si yo me hubiera comprado una katana a lo largo de estos años, estaría reconociendo mi pertenencia a una clase social con capacidad económica, pero sin conocimiento explícito de artes marciales. Habría sido una espada en un expositor. Arte estético, que es algo que no está mal, pero que no termina de encajar con la visión que quiero tener ante mí misma.
Esto me lleva a algún momento alrededor de septiembe de 2024. Por ese entonces yo ya tenía suficiente soltura con la espada larga como para sentirme cómoda y confiada en multitud de circunstancias, pero por otra parte sentía ciertas carencias en el juego de media distancia (creo que siempre será mi punto más débil) y el juego sin contacto de espadas. Y en esta situación, mi maestro Juan Carlos Fernández anunció el curso de kenjutsu gekiken en la sala Carranza.
Yo me apunté con ciertas dudas sobre mi propia capacidad. Por una parte pensaba que mejoraría en mi juego sin agregación… y por otra parte, aprendería a manejar una katana siguiendo la filosofía de asaltos con espadas de metal propia de la esgrima histórica. Personalmente atravesaba una etapa complicada, y no me venía mal tener más tiempo ocupado.
No ha sido algo que viniera sin coste. Ocupar el tiempo estaba bien a nivel mental, pero he mantenido mi asistencia de forma continuada incluso cerca de superar esa fase, y no me gustaría dejarlo. El coste en combustible para acudir a las clases tampoco es trivial en absoluto, así que al final es una disciplina que es exigente para mí.
Claro que también lo fue a nivel mental. La katana es una espada de dos manos, pero solamente tiene un lado afilado, y carece de arriaces, así que el juego realmente es diferente al de mi querida espada larga al cual estaba acostumbrada. Someterme de nuevo a más incomodidad fue duro, pero tras mucho entrenamiento y combate, empecé a sentirme también cómoda, y sin que yo pretenda decir que sea buena en algo, por lo menos sé por qué tengo éxito cuando lo tengo, y por qué fracaso cuando no.
Así que ya estaba cumpliendo mis propios estándares. Podía comprarme una katana sin que fuese un objeto decorativo. Estaba preparada.
Tercera parte: no sé lo que quiero.
Un lector avispado sumará los datos expuestos y pensará que me puse a buscar explícitamente una dotanuki específicamente, pero como indica el título de esta tercera parte, no fue así. Y el motivo principal es que nunca he tenido demasiado claro qué es una dotanuki.
Bueno, está claro que en la ficción de Koike Kazuo, una dotanuki es una espada de guerra corta que no mella y desde la que se meten buenos zurriagazos desde el caballo. Pero si buscamos por internet, nos encontramos con mucha información variada que en el mejor de los casos es incompleta, y en el peor, contradictoria.
El principio de prudencia documental me obliga a poner en duda a toda fuente, especialmente en el siglo XXI en internet, pero es que en este caso concreto, el fuerte misticismo mencionado anteriormente empapa a cualquier información.
Por supuesto, podría haber preguntado a un experto sensei con el que tengo relativa cercanía, quien ha publicado varios artículos en relación con los sables japoneses, pero no consideré que esta curiosidad mía tuviera suficiente profundidad como para ocupar su docto tiempo.
En verdad, mi proceso de compra iba a ser bastante más desenfrenado, desinformado y probablemente cyberpunk: le pregunté a un amigo del grupo de kenjutsu gekiken por el proveedoor adecuado, y miré el catálogo, espada por espada.
Dentro de la profusa descripción aparecida en la web del artesano, en la descripción de la dotanuki aparecen varias veces palabras como “sobrio, funcional, limpia, práctica, austera, contenida”. Y una guerrera trans cyberpunk como yo quiere un arma que funciona, no la más bonita. Ya me la habian vendido.
Pero es que además… ¡es una dotanuki!

Parte 4: cerrando un círculo.
De acuerdo, no sé lo que esperar de una dotanuki. Tengo la visión que Koike Kazuo vertió en su manga más famoso, pero este tiene una innumerable cantidad de elementos de ficción. Tambié está el punto de vista del fabricante al que la compré, pero en la descripción aparecen elementos que no concuerdan con lo que aparece en la wikipedia, y en esta última pone cosas distintas en función al idioma en la que se consulte.
Pero creo que una dotanuki es una espada pensada para aguantar los rigores de la guerra. Por lo tanto hace grandes sacrificios en términos estéticos para mantener el máximo de funcionalidad, y eso me gusta, satisface la auto visión de la que ya escribí en la primera parte de este texto.
Es un concepto que inspiró a Koike Kazuo, y también al fabricante de la propia espada que tengo en mis manos. Una posición dentro de la práctica armada con la que me siento a gusto, y a la que espero contribuir con mis acciones, pues si bien yo nunca voy a ser la mejor en esta exigente práctica, sí tengo claros los principios que guían mi experiencia.